Puedo transformar todo en bien

Y así nuestro buen Señor contestó a todas las preguntas y dudas que yo podía plantear diciéndome de la forma más alentadora: “Puedo transformar todo en bien, sé transformar todo en bien, quiero transformar todo en bien, haré que todo esté bien; y tú misma verás que todo acabará bien”.

Cuando dice “puedo”, entiendo que esto se aplica al Padre. Cuando dice “sé”, entiendo que es por el Hijo. Cuando dice “quiero”, entiendo que es por el Espíritu Santo. Y cuando dice “haré”, entiendo por ello la unidad de la santísima Trinidad, tres personas y una verdad. cuando dice “tú misma lo verás”, entiendo por ello la unión de todos los seres humanos que serán salvados en la santísima Trinidad.

Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén, fresco en la Iglesia de San Jorge, Amberes, Bélgica (detalle).

Con estas cinco palabras Dios quiere envolvernos en paz y descanso. Y así la sed espiritual de Cristo tendrá un final. Pues esta sed de Cristo, su ardiente deseo de amor, persiste y persistirá hasta que le veamos en el día del Juicio, pues aquellos que seremos salvados y que seremos la alegría y la dicha de Cristo todavía estamos aquí, y otros vendrán después, y así hasta ese día. Por lo tanto, ésa es su sed y su ardiente deseo de amor por nosotros, reunirnos a todos en él para nuestra alegría sin fin, según yo lo vi. Pues ahora todavía no estamos tan plenamente en él como entonces estaremos.

Humano y divino

Sabemos en nuestra fe, y nos ha sido revelado en todas estas visiones, que Jesucristo es Dios y hombre; que en su divinidad él es beatitud suprema, lo era antes del principio y lo será sin fin, pues la verdadera beatitud eterna no puede por su naturaleza aumentar o disminuir. Esto se mostró plenamente en esta revelación, y especialmente en la duodécima, donde dice: “Yo soy el Altísimo”.

Y con respecto a la humanidad de Cristo, es sabido por la fe y fue revelado también que, con todo el poder de su divinidad, por amor y para llevarnos a su felicidad, padeció, sufrió la Pasión y murió. Éstas son las obras de la humanidad de Cristo, en las que se regocija, y que reveló en la revelación novena, donde dice: “Es para mí una alegría, una felicidad, un deleite eterno haber sufrido mi pasión por ti”. Y ésta es la dicha de las obras de Cristo, y esto es lo que significan sus palabras cuando dice, en la misma revelación, que nosotros somos su dicha, su recompensa, su honor y su corona.

Pues en tanto que Cristo es nuestra cabeza, es glorioso e impasible; pero con respecto a su cuerpo, al que están unidos todos sus miembros, todavía no está plenamente glorificado ni es plenamente impasible. Pues todavía tiene esa misma sed, ese mismo deseo ardiente que tenía en la cruz; deseo, anhelo y sed, tal como yo lo vi, estaban en él antes del principio; y estarán hasta el día en que la última alma salvada haya entrado en su beatitud.

Anhelo santo

Pues así como existe realmente en Dios una cualidad de piedad y compasión, igualmente existe en Dios una cualidad de sed y ardiente deseo. Y el poder de este deseo de Cristo nos capacita para responder a su deseo, y sin esto ningún alma llega al cielo. Esta cualidad de sed y deseo procede de la bondad eterna de Dios, así como la cualidad de la piedad procede de su bondad eterna. Porque aunque él pueda tener deseo y piedad, son cualidades diferentes, según vi. La característica de la sed espiritual es que persistirá en él mientras nosotros estemos en necesidad, y así nos atraerá a su dicha.

Y todo se mostró para revelar su compasión, pues en el día del Juicio ésta cesará. Por eso tiene piedad y compasión por nosotros, y deseo ardiente de poseernos, pero su sabiduría y su amor no permiten que así sea hasta que llegue el momento propicio.


Capítulo XXXI de Juliana de Norwich, Libro de visiones y revelaciones, edición y traducción de María Tabuyo.